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jueves, 6 de junio de 2013

Las Maras, una historia de horror y muerte

VICKY PELÁEZ /

maras-internet
Estamos en el lugar en que se encuentra el hombre / Estamos en el lugar en que se asesina al hombre, / en el lugar/ en que los pozos más negros se sumergen  en el hombre (Roque Dalton, 1935-1975, “Canto a Nuestra Posición”)
VICKY PELÁEZ  /  RIA Novosti – El anuncio de las temibles bandas juveniles hondureñas pidiendo tregua con el gobierno, siguiendo el ejemplo de sus colegas, las maras salvadoreñas iniciado hace un año, requiere una reflexión y un análisis para entender lo que pasa en estos dos países donde,  después de más de 190 años de independencia no se logra la paz.
El tiempo de las guerrillas, revoluciones, contrarrevoluciones  e invasiones norteamericanas, aparentemente ha perdido impulso y ha agotado  posibilidades. El neoliberalismo ha logrado imponer su ideología del mercado libre con un puño oculto para reforzar su vieja estrategia del “desarrollo del subdesarrollo” en su “patio trasero” con el fin de perpetuar el dominio de los globalizadores al servicio de las trasnacionales.
El nuevo modelo socio económico pudo eliminar la violencia revolucionaria y la contrarrevolucionaria pero ha creado al mismo tiempo condiciones para la violencia criminal y el narcotráfico. Según las Naciones Unidas, Honduras de 8,5 millones de habitantes actualmente es el país más violento del mundo donde se registra un promedio de 20 homicidios al día y, se calcula que no menos de 600.000 personas estarían involucrados directa o indirectamente en las pandillas si se toma en cuenta a los familiares y a las comunidades donde residen los mareros. Un 90 por ciento de los homicidios es atribuido por las autoridades a los miembros de MS-13 o a la Mara Salvatrucha y al M-18 o la mara del Barrio 18.
Los miembros de estas pandillas son contratados por los carteles del narcotráfico que debe aportar significativamente al presupuesto de Honduras, si tomamos en cuenta la existencia de más de 300 pistas clandestinas y que de acuerdo al Comando Sur norteamericano que tiene cuatro bases militares en el país, en el año 2011 más de 100 aviones descargaron droga y  275 narcolanchas entraron en Honduras para llevársela  a los Estados Unidos. La Oficina de Asuntos internacionales de Narcóticos y de la Aplicación de la Ley de EE.UU. estimó que el 79 por ciento de aviones que salen de Colombia con cocaína aterrizan en Honduras. Sin embargo, en agosto de 2011, el ejército norteamericano retiró sorpresivamente el radar de vigilancia  y alerta temprana AN-TPS-78 instalado en Puerto Lempira, dejando el cielo de Honduras abierto para los narcovuelos.
Hasta marzo de 2012, El Salvador con seis millones de habitantes era el segundo país más violento  del  mundo por detrás de Honduras. Las maras eran responsables también por el 90 por ciento de asesinatos que se incrementaron después de aplicar el gobierno la “mano dura” en 2004.  Se producía diariamente un promedio de 17 asesinatos al día y según el exministro de Seguridad y uno de los promotores de la tregua con las maras, David Munguía Payés, aproximadamente medio millón de personas estarían involucradas tácita o implícitamente en pandillas en El Salvador. Un año después de las conversaciones entre el gobierno y los líderes de las maras más violentas del país, los asesinatos has descendido drásticamente, pasando de 17 homicidios diarios a cinco pero las extorsiones han continuado.
Por supuesto que tanto en El Salvador como en Honduras ya en los años 1950 y 1960 existieron agrupaciones de jóvenes que se enfrentaban entre ellas a “puño limpio”, como en otras partes de Centroamérica y Latinoamérica. Sin embargo, las maras es un fenómeno de los años 1980 cuando más del 25 por ciento de la población salvadoreña trató de salir del país para escapar de la  de la guerra civil que duró de 1980 a 1992. En aquellos años más de 75.000 habitantes  perdieron su vida o se convirtieron en desaparecidos. El fin de la guerra civil no redujo la presión para emigrar debido a la crisis económica. Se calcula que actualmente unos dos millones de salvadoreños  viven en el extranjero de los cuales 1,6 millones, es decir el 26 por ciento de la población nacional, reside en los Estados Unidos cuyas remesas al país superan unos 4 mil millones de dólares al año lo que constituye un 10 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB) de El Salvador.
Los inmigrantes salvadoreños  al encontrar alojamiento en  los barrios pobres de Los Angeles, Nueva York y otras ciudades norteamericanas sufrieron el maltrato, el abuso  y el desprecio de los  mexicanos, afroamericanos y estadounidenses blancos. Entonces un grupo de los más aguerridos jóvenes salvadoreños de la calle 13 de Los Angeles, que sobrevivieron la violencia de la guerra civil, de la cual aprendieron que las disputas tanto individuales como colectivas las gana el más fuerte y el más violento, decidieron organizarse  formando la Mara 13 o Salvatrucha para poner fin al abuso. Primero, se enfrentaron a la Mara 18 de la calle del mismo número compuesta principalmente por los inmigrantes mexicanos. Después, tuvieron encuentros violentos con las pandillas afroamericanas  los “Crips” y los “Bloods”.
La MS-13 empezó a crecer y adquirir la fuerza haciendo actos de violencia como asesinatos por encargo, acciones tipo comando de asaltos,  secuestro, robo, extorsiones, venta de armas, contrabando y comercialización de drogas etc., El común denominador de sus miembros ha sido su procedencia de hogares pobres afectados por la violencia intrafamiliar, abandono, maltrato, abuso, la exclusión y marginalización  social. La mayoría de los jóvenes, cuya edad oscila entre 12 y 21 años, sin educación, ni oportunidades laborales, excluidos en El Salvador, prácticamente no fueron aceptados por la sociedad norteamericana. Así, instintivamente trataron de juntarse en una pandilla para asegurar su propia sobrevivencia.
Poco a poco, pero siempre usando extrema violencia, la MS-13 logró posesionarse en el mundo delictivo norteamericano  y dejó de ser exclusivamente salvadoreña porque aceptaron en sus filas a hondureños, guatemaltecos y posteriormente algunos mexicanos.  Los mareros llamados  “salvatruchos”, es decir “salvadoreños espabilados” atrajeron la atención de la FBI y la DEA quienes trataron de destruir en vano a la MS-13 cuya estructura para este momento se expandió tanto, que las instituciones represivas norteamericanas se sentían impotentes de poner punto final a esta  organización mara. Lo único que les quedó fue deportar a los mareros detenidos a sus países de origen, que en su mayoría eran de El salvador, Honduras, Guatemala y México.
Con estas medidas, las autoridades norteamericanas abrieron posibilidades para la internacionalización de las maras, tanto de la MS-13 como de la M-18. Al ser deportados a sus países de origen donde no existían oportunidades para la reeducación y la inserción de los mareros en la vida productiva del país, no les quedó otra oportunidad que  recurrir al crimen y la violencia en sus países de origen o mejor dicho el de sus padres ya que la gran mayoría había nacido en los Estados Unidos. Siguieron allí con sus mismas leyes, costumbres, gestos, señales, el lenguaje y el tatuaje adoptados en Norteamérica y captando a miles de jóvenes, arrojaron su país  a las garras del crimen, el secuestro, narcotráfico etc, etc.
Estando la mayoría de sus viejos líderes detenidos y encarcelados tanto en El Salvador como en Honduras, los cabecillas rivales encarcelados de la MS-13 y los de la mara del Barrio-18 en El Salvador hicieron hace un año un pacto de tregua promovido por el obispo castrense Fabio Colindres y Raúl Mijango, exguerrillero del Frente de Liberación Nacional Farabundo Martí (FMLN). Pidieron a cambio mejoras en sus condiciones en la prisión y un relajamiento de la política de la “mano dura” del gobierno. Aparentemente el gobierno accedió a la petición de los mareros aunque el presidente Mauricio Funes insistiera en sus declaraciones a la prensa que su administración no estaba participando en las negociaciones con los criminales. A pesar de la retórica gubernamental, las condiciones penitenciarias han mejorado para los líderes de la MS-13 y la M-18. Como la consecuencia la violencia se disminuyó pero las extorsiones aumentaron.
Ahora los dirigentes de las ambas maras en Honduras anunciaron el 28 de mayo desde la cárcel  de San Pedro Sula una tregua pidiendo perdón a Dios, la sociedad y a las autoridades, implorando una oportunidad para detener tanto derramamiento de sangre. También llamaron a las autoridades a abrir un diálogo para la pacificación del país a cambio de un espacio de rehabilitación y trabajo para sus miembros. Ofrecieron “cero violencia en las calles, cero crímenes como un primer paso”.
Sin embargo, el portavoz de la MS-13, llamado Marcos contestó al ser consultado sobre las extorciones que “no hablemos aún de extorciones, vayamos paso a paso, vayamos paso a paso, primero cero crimen y cero violencia que perjudica a los seres humanos, empecemos a hablar de encontrar la manera de desenvolvernos”.  A la vez un representante de la M-Barrio 18 también dio palabra de cero violencia exigiendo que la policía “deje de matarnos” como una condición para el diálogo. También recalcó igual que su colega de la MS-13 que “han sido la falta de ingresos y trabajo lo que nos empujó a llevar esta mala vida”.
Y allí reside el problema. Ambos países carecen actualmente de condiciones para reinsertar a los miles de jóvenes mareros en la sociedad que también es reluctante de hacerlo. En la encuesta del diario La Tribuna del pasado 30 de mayo, el 32 por ciento de participantes declararon que la tregua no beneficiará a nadie, el 29 por ciento opinó que favorecerá a los pandilleros, el 26 por ciento consideraron que beneficiará a todos y el 13 por ciento, a la sociedad.
¿De otro lado, qué oportunidad puede ofrecer El Salvador  a miles de jóvenes mareros, aparentemente deseosos de poner fin a la violencia y ser miembros de la sociedad, cuando el 58.6 por ciento de la población vive en la pobreza y de ellos el 27.7 por ciento en la pobreza extrema? En seis de los 14 Departamentos (Cabañas, Ahuchapan, La Unión, Morazán, Chalatenango y San Vicente) dos de cada tres habitantes viven en la pobreza. En el país no hay generación de empleo mientras que la población económicamente activa (PEA) ha subido en los últimos cuatro años en casi 10,000 personas. Hay 600,000 negocios y sólo 161,000 están registrados en el Ministerio de Economía. Más del 50 por ciento de la PEA labora en el sector informal y hay un gran porcentaje de trabajadores en las empresas formales que están empleados como informales.
En Honduras la situación económica después del golpe de Estado en 2009 contra el presidente legítimamente elegido Manuel Zelaya empeoró. El índice de la pobreza aumentó del 59  al 65 por ciento y prácticamente todo el país está en venta. Siguiendo las recomendaciones del Fondo Monetario Internacional (FMI) el gobierno de Porfirio Lobo recortó el gasto público, redujo las prestaciones sociales y devaluó la moneda nacional lempira, lo que generó la disminución de las reservas internacionales a 200 millones de dólares. Hay pocas oportunidades para los jóvenes encontrar un trabajo adecuado. Hay 229 maquiladoras norteamericanas que emplean 139,000 obreros de los cuales 69 por ciento son mujeres jóvenes.
¿Entonces, de qué reinserción de los pandilleros pueden hablar los gobiernos si carecen de recursos e infraestructura? En la época de severa crisis económica el presidente Porfirio Lobo y su homólogo salvadoreño, Mario Funes están soñando con las donaciones extranjeras para solucionar este problema, mientras, los europeos están pidiendo  plata a la América Latina y los norteamericanos, tramando nuevas ganancias para sus transnacionales. Lo que se necesita para encontrar el espacio adecuado para cada ser humano es transformar la sociedad, haciendo esta tarea en conjunto y horizontalmente para transformar cada país en lo que el poeta salvadoreño, Pedro Geoffroy Rivas decía: “Patria con esperanza, firme, pura y limpia”

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