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martes, 17 de septiembre de 2013

Ladinoamérica

http://spanish.ruvr.ru/2013_09_17/Ladinoamerica-7402/

Ladinoamérica

América Latina –la Patria Grande, el sueño inconcluso de Bolívar, el desvelo incesante de Martí–, sigue abocada a la concreción de su viejo anhelo integracionista. De la Comunidad Andina a la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR), del Mercado Común del Sur (MERCOSUR) a la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), la unidad latinoamericana pareciera cuestión de tiempo y voluntades ante el ejemplo de una Europa comunitaria que prefirió deponer diferencias lingüísticas y siglos de rencores y sangre ante el entendimiento humano.

Ladino, na. (Del lat. latīnus, latino).
1. adj. Astuto, sagaz, taimado.
2. adj. Se decía del romance o castellano antiguo. […]
5. adj. Am. Cen. Mestizo que solo habla español.
No resulta fácil, sin embargo, reproducir de este lado del Atlántico la experiencia del Viejo Mundo. La unión europea devino en necesidad económica ante los desafíos de la globalización; la unidad latinoamericana, en cambio, parece responder más a urgencias políticas que a premuras económicas. Por demás, la historia de Europa –valga la perogrullada– no es la historia de la América al sur de Río Bravo. Significar con un mismo término –europeo– la variedad étnica que suponen suecos y españoles, alemanes y daneses, ingleses e italianos, acaso no sea un despropósito a la luz de un pasado común de alianzas y usurpaciones, teocracias y monarquías; reducir a un dudoso gentilicio –latinoamericano – la desmesura y variedad de un subcontinente que no se abre a la historia en el fortuito 1492 que fijan los anales de un occidente falaz, y cuya geografía deviene también en factor importante en la concreción de un ser cuya esencia no admite reduccionismos semánticos, es rendir culto a la vehemencia antes que a la razón, es olvidar que la presencia indígena (el aporte mexica, maya, inca, guaraní...) no se limita a circunstanciales tributos al habla, irrecusables caracteres fisonómicos o peculiares hábitos de nutrición, y que junto a la influencia de las diferentes etnias negras involucradas muy a su pesar en la conformación última del paisaje humano y cultural del territorio, ambas presencias propician los extremos más que la igualdad.
Cierto que la América llamada nuestra por Martí debe mucho a la península que poblaron celtíberos y fenicios, cartagineses y romanos, árabes y visigodos. Le debe una lengua común (si aceptamos que el portugués es el español sin huesos, al decir de Unamuno, y hacemos, literalmente, oídos sordos al hecho de que la imagen poética no alcanza a disipar las evidentes diferencias que el idioma en que se escribió Os Lusiadas impuso al Brasil respecto a las colonias de España). Le debe, por supuesto, toda la literatura que dicha lengua ha fijado. Le debe los efluvios moriscos de cierta arquitectura y la expresividad corporal de ciertas danzas (ocho siglos de presencia arábiga dejan su impronta, hasta por interpuesta nación). Le debe, no faltaba más, el Cristo motivador de futuras beligerancias, y un repertorio de variopintas costumbres que no me detendré a enumerar. Empero, compartir una ascendencia común no genera, necesariamente, parejo destino. Y no sólo porque el provenir de dos países que concurren en una geografía común pero con historias diferentes influyó de modo decisivo en el rostro de sus colonias, un universo de pueblos hermanados a los que la lengua une y la cultura desemeja. La cultura en su sentido más totalizante, no sólo en los reductos del arte y la literatura, espacio de concreción donde verdaderamente se aprecian –más que en la tenacidad del clima o los caprichos de la geografía– las afinidades y disimilitudes de los países. Por ello (me) resulta difícil asimilar en un mismo concepto al cubano bebedor de café y al argentino degustador de mate; fundir en idéntica voz, y con ello significar un mismo problema, a los guerrilleros zapatistas de Chiapas y a los senderistas iluminados por Mao: sólo conduce a la misma aberración política que supone guerra liberadora la práctica del terrorismo urbano. O conjeturar más valioso para un alto porcentaje de paraguayos el español impuesto por el arcabuz que el guaraní que le viene de sus ancestros, crimen de lesa oralidad que supondría introducir taimadamente en un mismo saco a los cocaleros de Bolivia y a los narcos mexicanos.
Parafraseando a José Martí: no habrá unidad latinoamericana hasta que no haya Latinoamérica. Y si hoy día parece harto laborioso precisar el rostro inequívoco de cada nación latinoamericana, más difícil resulta autenticar las razones probatorias de una común latinidad, a menos que astutamente uno se acomode a los estereotipos ad usum: la Argentina de tangos y gauchos fieros, el Brasil de cangaçeiros y samba sensual, el México de tequila y charros enamorados... Sobre todo porque es lo heterogéneo el rasgo distintivo de un puñado de pueblos que sólo en el reconocimiento de esa diferenciación –más que en reduccionismos avasalladores– hallará el camino de su verdadera individualidad: aquella que no dimana de determinismos políticos, sino de humanas voluntades.
sk
Nota: Las opiniones expresadas por el autor no necesariamente coinciden con los puntos de vista de la redacción de La Voz de Rusia.

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