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martes, 13 de octubre de 2009

RESISTENCIA ABORÍGEN

El 12 de octubre parte de un equívoco que pocos se han
atrevido a refutar, aún a sabiendas que ese día de 1492 no se produjo
-al menos, así lo registra la historia legada, precisamente, por los
primeros “visitantes” europeos que arribaron a estas tierras hasta
entonces desconocidas para ellos, no así para sus pobladores
originarios- un enfrentamiento de civilizaciones o, en el caso que nos
motiva, una resistencia indígena a la llegada de Cristóbal Colón y su
avanzada mercantilista y conquistadora a la isla caribeña de
Guanahaní.

Inicialmente se puede creer que este primer encuentro entre los
pobladores de la vieja Europa y los pobladores de Abya Yala, nuestra
América, produjo un asombro mutuo ante gentes de habla, fisonomía y
costumbres diametralmente diferentes. Aunque esto pase desapercibido
para algunas personas de buena fe que desean reivindicar
románticamente la existencia, la dignidad y las culturas de los
pueblos precolombinos y de aquellos que han sobrevivido a la vorágine
capitalista, pasada y presente; es necesario puntualizar que la
resistencia indígena ante la invasión y el saqueo de los primeros
europeos no pudo producirse en tal fecha, sino posteriormente, siendo
el primer combate contra la guarnición dejada por el Almirante en la
isla de Guanahaní, como lo señaló alguna vez el historiador venezolano
Wladimir Acosta, sin que ello minimice la intención de revisar, en su
verdadero contexto, lo ocurrido en este continente a partir de ese
momento.

Por lo tanto, no podemos caer en el simplismo que a veces marcan las
fechas, sin profundizar realmente en la compresión y análisis
desprejuiciados de los acontecimientos históricos desarrollados en
ellas y creyendo en una linealidad que nos induce a creer en la
fatalidad inexorable del destino. Ocurriría entonces que, vengadores
de nuestros ancestros aborígenes, pretendamos ignorar y deslegitimar
la herencia común de la cual hacemos gala cotidianamente y que tiene
su origen en la vieja Europa: idioma, religión, leyes, nombres y
apellidos, estructuras de poder, economía y política, entre otros
ingredientes o rasgos de la civilización europea que nos distancia,
pese al sentimiento que nos embargue, de nuestros congéneres
indígenas, manteniendo viva una polémica histórica y hasta racista que
no nos ayuda a explicarnos como continente. Esto ha hecho de Colón una figura odiada en muchos casos y, en otras, justificada, quizás ateniéndose a su error al juzgar que había llegado a las tierras y
riquezas descritas por Marco Polo. Sin embargo, no hay que desconocer
lo que describe Eduardo Galeano en “Las venas abiertas de América
Latina”, su libro más emblemático: “Tres años después del
descubrimiento, Cristóbal Colón dirigió en persona la campaña militar
contra los indios de la Dominicana. Un puñado de caballeros,
doscientos infantes y unos cuantos perros especialmente adiestrados
para el ataque diezmaron a los indios. Más de quinientos, enviados a
España, fueron vendidos como esclavos en Sevilla y murieron
miserablemente. Pero algunos teólogos protestaron y la esclavización
de los indios fue formalmente prohibida al nacer el siglo XVI. En
realidad, no fue prohibida sino bendita: antes de cada entrada
militar, los capitanes de conquista debían leer a los indios, ante
escribano público, un extenso y retórico Requerimiento que los
exhortaba a convertirse a la santa fe católica”. Ante su negativa, se
le autorizaba al invasor a hacerles todo tipo de “males y daños que
pudiere”.

Esto quedó reafirmado cuando la Corona española le dio potestad a los conquistadores, mediante Real Cédula emitida el 23 de agosto de 1503, para esclavizar a los indígenas caribes bajo el pretexto de ser
caníbales. Cosa semejante ocurre con el acto dictado por el Juez de
Vara y Justicia Mayor de la isla La Española, del 5 de noviembre de
1510, que declara a la provincia de Uriapari (la Guayana) región de
caribes, autorizando a sus huestes a cazarlos y venderlos como
esclavos. Bastaba entonces acusar a cualquier indígena rebelde de ser
caribe para aplicarle esta norma y, en caso de persistir en su
rebeldía, matarlo impunemente, dado que se les consideraba carentes de alma, según lo dictaminara la arrogancia católica europea, aunque posteriormente lo enmendara. A partir de esta realidad
salvaje es cuando podemos hablar propiamente de resistencia indígena frente al afán depredador del incipiente capitalismo europeo en nuestra América, Abya Yala, y no como se ha querido ver en el momento que
tropiezan las tres naos capitaneadas por Colón con estas tierras ya
descubiertas por sus habitantes originarios.-


VALQUIRIA