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miércoles, 31 de marzo de 2010

FPL

Con el objetivo de racabar historia y datos en los escritos de otros los cuales citamos, les compartimos en esta oportunidad, para enriquecernos.

Las FPL,
una guerrilla enorme y poderosa, sectaria y dogmática

redaccion@centroamerica21.com



Salvador Cayetano Carpio, fundador de las FPL




El primero de abril de 1970, cuatro obreros y tres estudiantes de medicina se reunieron en secreto para constituirse en el primer comando de la que llegaría a ser en El Salvador, con el correr de los años, la g

uerrilla más grande y poderosa, pero también la más dogmática y sectaria.

Por esos tiempos El Salvador era un hervidero de batallas políticas y sociales en contra de un régimen militar autoritario entronizado desde 1932. La única organización de izquierda existente en ese momento, el Partido Comunista, había debatido larga pero infructuosamente la posibilidad de lanzarse a la lucha armada.



Ante el cierre progresivo de los espacios para la lucha política legal, y estimulados por el triunfo de la revolución cubana y por la ola de rebeldía juvenil que por entonces se abría paso en el mundo entero, los jóvenes universitarios politizados prácticamente no discutían otra cosa que no fuera la vía violenta hacia la toma del poder político.

De hecho, un grupo de esos jóvenes, formados en su

mayoría en la corriente social cristiana, ya se había lanzado al intento, formando el núcleo inicial de lo que se convertiría en el Ejército Revolucionario del Pueblo, ERP.

Ruptura y nacimiento

Pero los siete conjurados de aquel primero de a
bril de 1970 provenían de otra tradición ideológica. El 30 de marzo, apenas un día antes del cónclave clandestino, habían renunciado a su militancia en el partido comunista, del cual uno de ellos, Salvador Cayetano Carpio, había sido el máximo dirigente en los últimos seis años.



Carpio, un panadero de 51 años de edad, se había enrolado en las luchas sindicales desde 1943, y por ello había sido perseguido encarcelado en varias ocasiones. A finales de los años cuarenta se integró al partido comunista; en 1953 cayó preso de nuevo y fue torturado por la policía. Cuando salió de la cárcel, después de veintiún días de mantenerse en huelga de hambre, sus camaradas lo enviaron a Moscú para que realizara estudios de marxismo-leninismo en la Escuela Superior de Cuadros del Partido Comunista de la Unión Soviética.

Despu
és de cuatro años concluyó su preparación, y luego de una estancia de tres meses en la China de Mao regresó a El Salvador, en 1957. Siete años después, en 1964, fue elegido secretario general del partido comunista. Carpio no solo era un obrero él mismo sino que también era profundamente obrerista. Todo su pensamiento y su actividad se basaba en la afirmación marxista de que la clase obrera era la fuerza motriz de la revolución y era, además, depositaria natural de los más altos valores humanos.

Su radicalidad ideológica, en ese punto, generaba un permanente conflicto con los dirigentes comunistas provenientes de la clase media y aun de estratos económicos altos, intelectuales en su mayoría. A principios de la década de los sesenta, la dirigencia comunista acordó comenzar a preparar para la lucha armada a un grupo de cuadros, algunos de los cuales fueron enviados a la URSS y a Cuba para adiestrarse. La responsabilidad de esa fase preparatoria recayó en un joven universitario, miembro además de una familia de comerciantes y agricultores muy prósperos: Schafik Hándal.

Carpio, más ligado al trabajo sindical del partido, no tuvo mayor incidencia en ese primer esfuerzo y más bien lo impugnó por considerarlo una desviación militarista que aislaba al partido de la lucha de masas. El proyecto fue declinando poco a poco, y ya en 1963 la policía desmanteló la estructura secreta y capturó a Schafik Hándal.




Años después, ya convertido en el comandante Marcial, máximo jefe de las Fuerzas Populares de Liberación, FPL, Carpio le confiaría a Marta Harneker, en una entrevista recogida en el libro “Con la mirada en alto”, su propia evaluación de aquél intento:

“La desviación militarista consistió en el desprecio del papel del movimiento de masas. Se sostenía que los sindicatos en El Salvador no tenían razón de ser, que solo la tenían en países industrializados como los europeos. Ese desprecio al movimiento de masas y la tendencia a concentrarse solo en la preparación militar florecieron en el partido. Paradójicamente fuimos nosotros, que estábamos por la integración de la lucha armada a la línea del partido, quienes tuvimos que dar la batalla ideológica contra esa desviación militarista”.

Sin embargo, en el ya citado libro de Marta Harneker, otro miembro de la dirigencia de las FPL, Gerson Martínez, propone una explicación diferente a la de Carpio: “La crítica de Marcial contra aquellos balbuceantes esfuerzos militares se tradujo en una suerte de contrapeso a esa actividad. Pienso que en el fondo él sentía que ese eslabón tenía condiciones para convertirse en la fuerza militar de la revolución en aquellos primeros instantes, y en sus adentros no aceptaba no estar a la cabeza de ese intento”.

Como quiera que fuese, lo cierto es que al enfocarse en la preparación militar, la influencia del partido comunista en los sindicatos se debilitó considerablemente. Al asumir la dirección del partido, Carpio se concentra de nuevo en el trabajo de organización obrera, inyectado en los sindicatos un elevado nivel de combatividad que culminó, hacia finales de los sesenta, con intensas jornadas de protestas y huelgas.

El panadero estuvo personalmente al frente de esas luchas, mostrando una tenacidad extraordinaria y un temple combativo demostrado palmariamente en su capacidad de resistencia ante la persecución, la cárcel y la tortura. Su gesta comenzaba a ser legendaria.

El plan de Carpio consistía en desatar la violencia insurreccional de las masas. Pero esa voluntad, al menos según su propia percepción, se enfrentaba a la oposición de un bloque de derecha enquistado en la dirigencia comunista. Ese bloque, “burocrático y legalista” a juicio de Carpio, se inclinaba hacia las formas legales de la lucha política, principalmente hacia la construcción de alianzas electorales con sectores con sectores que Carpio consideraba pequeñoburgueses.

Desatada la pugna ideológica entre esas dos corrientes, las posiciones de Carpio fueron finalmente derrotadas en los órganos de dirección partidaria. Aislados, Carpio y sus seguidores más cercanos optaron por la renuncia y por el compromiso de fundar una nueva organización cuyo principal esfuerzo, en esa fase inicial, se centraría en el aspecto militar.

Carpio y sus compañeros se clandestinizaron y a los pocos días comenzaron a ejecutar sus primeras acciones, que básicamente consistieron en asaltar a policías y vigilantes nocturnos para quitarles las armas. En los medios obreros, donde eran muy conocidos, comenzaron a preguntar por ellos, y pronto comenzó a rumorearse de que estaban formando una guerrilla. Al parecer no eran pocos los que querían sumarse a ese nuevo esfuerzo, pero ello implicaba una grave amenaza de desprendimientos dentro del partido comunista.

Para conjurar ese riesgo, la dirigencia comunista comenzó a propalar una especie: quienes habían abandonado el partido eran provocadores al servicio del enemigo, y concretamente eran instrumentos de la Agencia Central de Inteligencia de los Estados Unidos.

Esa acusación, o más bien la tendencia a considerar como alta traición a toda disidencia política, habría de marcar el aspecto más negativo de la izquierda salvadoreña en su conjunto, y sería la base directa de al menos tres de los hechos más dramáticos que marcan su historia: el asesinato de Roque Dalton, el asesinato de la comandante Ana María y la sanguinaria purga masiva ejecutada por el comandante Mayo Sibrián.

FPL, 40 ANIVERSARIO

A Leonel, Gerson, Roque y Rebeca.

Llenos de orgullo, con nuestra frente en alto, con la conciencia clara de que lo que hicimos, hacemos y haremos, es nuestro deber histórico:

Las fuerzas Populares de Liberación Farabundo Martí, somos en la historia revolucionaria de nuestra patria, una de las organizaciones que más ha contribuido y sus cuadros siguen contribuyendo al cambio político, cultural, educativo y socio-económico de nuestra patria.

Nunca en la historia moderna Latinoamérica tuvo un ejército popular y un movimiento de masas tan potente como las FPL y el Bloque Popular Revolucionario. Mi memoria guarda huelga potentes como la de andes del 68 y del 72 en las que fui partícipe, y manifestaciones como la del 30 de julio del 75 en la cual los compañeros fundadores y miembros de UR quedaron ensangrentados frente al Seguro Social, así, recuerdo también, la muerte de José Dimas Alas, de Gloria y Felipe, Polín y la Ticha, de Evita, Chico y Toño en Santa Tecla, de Julito Castillo, de Marianella, de Juancito Chacón, de la Chana, de Tamba, de Bernardo, de Nelson, de Rafa, de los compas del FUR, Mauricio, Emmita, Delfy y de tantos combatientes que cayeron durante la guerra. Recuerdo a siete sobrinos que cayeran el mismo día en diferentes tareas durante el allanamiento de la CONIP por el ejército en 1980, tantos maestros, obreros, sacerdotes, monjas, campesinos, estudiantes, religiosos y religiosas miembros de nuestras Comunidades Eclesiásticas de Base, artistas, todos miembros de diferentes estructuras de nuestra organización.

Así como Monseñor Romero nos enseñó a dar amor, la dirigencia del partido nos enseño a ser humildes, pero no tontos, constantes y objetivos, a decir las cosas frente a frente, a hacer y aceptar críticas constructivas y por los canales adecuados y a no volvernos espejistas cuando el dólar ataca con sus ninfas verdes.

Definir a nuestra amada organización es definir a nuestro pueblo heroico y combativo, es definir a los combatientes de las otras organizaciones guerrilleras, al frente de masas de nuestro pueblo, a los héroes anónimos y a los sin voz de Monseñor Romero, es saludar los ochenta años del partido comunista de El Salvador y a su líder omnipresente Shafik Handal, es saludar a los combatientes del ERP, de la RN y del PRTC y a nuestro pueblo ancestral.

Hay veces que se habla mal de uno y de otro de organizaciones diferentes. Hay que recordar que los revolucionarios no son perfectos y que a los líderes no debe juzgárseles por una acción considerada equivocada, sino por toda la vida dedicada al proyecto del pueblo.

Así como en nuestra organización hay héroes y mártires, también los hay en las otras cuatro, baste recordar a Mario López, Venancio (PRTC), Lito Arce (ERP) Carlos y Mariela Menjívar (Grupo), Fedor, Anabellita Menjívar, Oscar Acevedo, (RN), Beethoven, PRTC, Víctor Quintanilla, ERP, Shafik, Toño y Farid Handal, PCS, María Teresa Saballos y su hermano Toño, Chemita Cuéllar, Sebastián Tamba, René Pineda y tanta de nuestra gente masacrada, para ellos y ellas nuestro amor, nuestra entrega y nuestra incondicionalidad para con nuestro pueblo.

A nosotros nos duele Evita, Chico, Toño, Felipe, Dimas Rodríguez, Gerson, Emmita, Delfy, Mauricio, Balmore, Úrsula, Chana, Chus Rojas, Lito, Dimas, niña Inesita, José Dimas Alas, la Ticha, Polín, Numa, Juancito, Marcial, Bernardo, Ana María, Ruth, Eugenia, Nelson, Ángela Montano, Roquito, y todos los Juanes, Marías, Julias, Chicos, Chepes, Toños, Rutilios, Margaritas, Hugos de nuestro pueblo.

Cuánto dolor magisterial llevamos en el alma, cuánto dolor por nuestros religiosos y religiosas, por nuestros periodistas nacionales e internacionales, por nuestros médicos y enfermeras, por nuestros estudiantes, por nuestros trabajadores y trabajadoras por los derechos humano, cuánto dolor obrero-campesino, cuánto dolor de exilio, torturas y desapariciones de todo nuestro pueblo.

Cuántos Teguichos y tantos Cutumayos, cuantas Tres Calles, y cuántos Sumpules, cuántos Mozotes y cuantas Cinqueras, cuantos Tenangos, tantos Calabozos, Guacamayas y tantos Guadalupes. Tantos cerros que hoy florecen con la fértil sangre de nuestros héroes y mártires.

Cuando jóvenes cumplimos cada quien de acuerdo a sus circunstancias personales, estamos vivos por causas del destino, los que cayeron no cayeron porque quisieron ser héroes, en una guerra caen débiles y fuertes y sobreviven también los fuertes y los débiles. Nunca he sido un héroe, simplemente otro hijo de este pueblo a quien amo con todas las fuerzas de mis ser, no busco pagos o reconocimiento inmerecidos, sólo el lugar que tengo al lado de mi pueblo para dar mi pequeño esfuerzo en nombre de mis hermanos y hermanas que cayeron en la lucha.

Hace cuarenta años, nuestra juventud la hereda nuestro pueblo. Hemos madurado, como tales las exigencias son aún mayores. No hay razón para no estar unidos, las FPL ya no existen como tales, sin embargo; las llevamos en nuestras venas y las enseñanzas y los errores anteriores deben ser las bases para unirnos, para fortalecernos y guiar a nuestro pueblo por los caminos de la unidad, la paz y la justicia social.

Paul Fortis.