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martes, 16 de marzo de 2010

Carta a Don Ponciano

LA UNIDAD DEL PUEBLO SALVADOREÑO.

Te escribo Ponciano para decirte que soy una soñadora y que a diario sueño aunque mis sueños sean imposibles lejanos.

Sueño Ponciano, que fuera bello que todo los salvadoreñ@s nos uniéramos (entendiendo por salvadoreños los que no vivimos de joder a otros hermanos y hermanas) y que lucharemos aunadamente por el bienestar común de la ciudadanía.

Sueño, hermano, que por obra de labor colectiva, los dolores, torturas y el sufrimiento continuo de nuestro pueblo nos empuje a unirnos y a fraternizar, a vivir por los intereses colectivos protegiéndonos unos a otros contra las tempestades del sistema.

Solamente cuando ese sueño se comience a tornar realidad, el sol comenzará a brillar para todos, mientras tanto; tenemos que poner todo lo que somos y lo que tenemos para que nuestro pueblo no se siga desangrando infructuosamente y el luto no se torne en algo permanente para la familia salvadoreña.

Aprendamos a soñar, Ponciano. Si ahora soñamos, podremos actuar sobre ese sueño, en un sueño colectivo de justicia, paz y libertad para todo nuestro sufrido pueblo.

No es pecado soñar, Ponciano. Quizá utópico soñar en lo imposible, pero una casita, una tira de tierra, una escuela y un lugar para trabajar no es utopía, una patria para todos no es utopía, sino un derecho y una necesidad histórica para la justicia y la paz y la realización de la condición humana.

Sólo el pueblo unido puede realizar ese sueño y es deber de todos luchar de forma incondicional, ser los seres históricos que la patria reclama de nosotros y no lo los arribistas e individualistas estomacales a costillas del sudor ajeno.

El ser, Ponciano, es esencia y presencia, es la calidad humana lo que nos define y nos diferencia y en nombre de esa calidad es que debemos buscar la unidad. Lo demás es sólo espejismo e intransigencia, oportunismo y glorias pasajeras, involución retrógrada a estadios y estados no acordes con el tiempo y la evolución social, gérmenes y genes de arcaicas pestes.

La vida se llama vida porque tiene un objetivo y no hay causa mas bella, ni razón más pura que vivir para la colectividad y dejar a tu paso un surco lleno de germinantes semillas de porvenir.

Los filósofos, que son a ultranza los únicos capaces de comprender la fenomenología natural saben bien que la felicidad es la última consecución del ser y que ésta tiene muy poco que ver con lo material, sino con lo espiritual, de ahí que hay cantidades de personas que teniendo poco o no teniendo nada son capaces de ser más felices que los pocos que lo tienen todo en los aspectos materiales y son estos pocos los causantes de la problemática social de la especie humana.

Yo, Ponciano, como lo puedes imaginar, soy feliz tratando de hacer lo mejor que puedo para mis hermanos y hermanas, poco será, pero lo hago consciente de que paso a paso se va lejos, que las buenas obras causan alegrías y que puedo ver sonreír la alegría de servirle a los demás.

Sueño, Ponciano, que un día podamos comprender que la unidad nos hace fuertes, que no es necesario estar encima de los demás para realizarte. Sé que los líderes son necesarios; pero debemos exigirles que sean de verdad líderes, los lideres que un pueblo digno, heroico y sufrido como el nuestro merece.

Quiero seguir soñando y si muero de esta forma, al menos habré hecho lo que mi vida ha sido: una lucha constante por dejar una huella que conduzca a mis semejantes por caminos del porvenir.

Otros viven sin vivir y mueren antes de haber vivido.

Paca Guanaca

Una Soñadora Sin Nombre.

Morazán, El Salvador

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