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domingo, 15 de marzo de 2015

Dimensiones del martirio


Karl Rahner
Este artículo, publicado poco antes de la muerte del autor, se ha ido convirtiendo en una referencia antológica ya clásica en el tema de la "ampliación del concepto de martirio" que está a la base del conocido martirologio latinoamericano.

Aparición original: Revista «Concilium» 183(marzo 1983)321-324
En el presente ensayo vamos a propugnar una cierta ampliación del concepto tradicional de martirio.
El concepto tradicional de martirio, tal como hoy se emplea en la Iglesia, es conocido. Aquí no pretendemos analizar su evolución a lo largo de la historia de la Iglesia, ni su relación con la noción bíblica de martirio, ni las conexiones existentes entre esta noción neotestamentaria y otros conceptos y categorías afines, como predicación, profeta, confesión, muerte, etc. Aquí presuponemos el concepto de martirio hoy tradicional en la Iglesia. Con tal concepto, perteneciente a la vez al campo de la dogmática y al de la teología fundamental, se designa el hecho de aceptar morir por la fe de forma libre y resignada, no luchando activamente como en el caso de los soldados. El término «fe» incluye también la moral cristiana, como lo muestra el dato de que la Iglesia venera como mártir a santa María Goretti, apuñalada en 1902 por un muchacho de la vecindad por oponerse enérgicamente a sus requerimientos. Por lo que se refiere a la «fe», puede tratarse de la totalidad del credo cristiano o de una verdad concreta de la doctrina cristiana en materia de fe y costumbres, en cuyo caso tal verdad se contempla siempre enmarcada en el conjunto del mensaje cristiano. La muerte «in odium fidei» ha de aceptarse siempre conscientemente, de suerte que es preciso distinguir entre el «martirio» y el «bautismo de sangre».
La peculiaridad de este concepto reside en que, desde el punto de vista de la Iglesia, no puede aplicarse a la muerte sufrida en una lucha activa. Por eso nos preguntamos si hay que considerar como algo necesaria y permanentemente unido al concepto de martirio tal exclusión de una muerte sufrida luchando activamente por la fe cristiana y sus exigencias morales, incluso con respecto a la sociedad. Esta pregunta es de gran importancia para la vida cristiana y eclesial, porque la atribución del martirio a un cristiano combatiente constituiría para otros cristianos una notable recomendación eclesiástica de tal combate activo como un ejemplo digno de imitarse.
Ante todo, es claro que unos conceptos como los que aquí están en juego tienen su historia y son susceptibles de modificaciones legítimas. A decir verdad, el único problema radica en precisar si la aceptación resignada de la muerte por causa de la fe y el hecho de morir luchando activamente por esa misma fe (o por alguna de sus exigencias) pueden englobarse bajo un concepto de martirio, dado que entre ambas formas de muerte hay una amplia y profunda coincidencia y que aplicarles el mismo concepto no implica negar una diferencia permanente entre las dos. De hecho hay muchos conceptos que engloban dos realidades en razón de su semejanza objetiva, sin que por eso se nieguen o velen necesariamente sus diferencias. (En el vocabulario eclesiástico, el término «pecado» designa la «corrupción hereditaria» y el estado pecaminoso resultante de las culpas personales, sin que por ello sea preciso negar una diferencia radical entre los dos estados). Es cierto que el hecho de soportar pacientemente la muerte por causa de la fe tiene una relación peculiar con la muerte de Jesús, quien por su muerte paciente pasó a ser el testigo fiel y fidedigno por antonomasia. Pero esta innegable diferencia entre las dos formas de muerte no excluye que puedan englobarse bajo el único concepto y término de martirio.
Para discutir esto, es decir, para poner de manifiesto la semejanza interna y esencial de esas dos formas de muerte, pese a las diferencias existentes entre ellas, es preciso reflexionar sobre muchos aspectos. Ante todo la muerte de Jesús, «soportada pasivamente», fue consecuencia de su lucha contra quienes tenían en aquella época el poder religioso y político. Jesús murió porque luchó; su muerte no debe ser contemplada al margen de su vida. Por otra parte, también «soporta» su muerte quien cae luchando activamente por las exigencias de sus convicciones cristianas, incluso en lo que respecta a la dimensión de la sociedad pública, bajo ciertas condiciones. De hecho, tal muerte no se busca directamente por sí misma e incluye un elemento pasivo, del mismo modo que la muerte del mártir en sentido tradicional encierra también un elemento activo, pues ese mártir provoca con su testimonio activo y con su vida la situación en que no podrá librarse de la muerte sin renegar de su fe.
Como es natural, puede seguir constituyendo un problema determinar con qué exactitud es preciso definir la lucha activa y distinguirla de otros hechos análogos para que la muerte acaecida en esa lucha activa pueda y deba ser calificada como martirio. No todo el que cae en una guerra religiosa combatiendo en el campo cristiano o en el católico puede ser considerado como mártir. En tales guerras religiosas influyen también demasiados factores terrenos, y no está claro si cada combatiente cuenta en serio con su muerte y la acepta de verdad. Pero ¿por qué no habría de ser mártir un monseñor Romero, por ejemplo, caído en la lucha por la justicia en la sociedad, en una lucha que él hizo desde sus más profundas convicciones cristianas?
La actitud de soportar pasivamente la muerte no debemos concebirla exclusivamente en la forma en que solemos imaginarnos a los mártires del cristianismo antiguo, conducidos ante un tribunal y condenados a muerte en un juicio. El soportar la muerte -actitud pasiva, pero tomada mediante una opción voluntaria- puede adoptar formas totalmente distintas. Los «perseguidores» modernos no darán a los cristianos de hoy ninguna posibilidad de confesar su fe al estilo de los tres primeros siglos del cristianismo ni les brindarán la oportunidad de aceptar una muerte impuesta por la sentencia de un tribunal. No obstante, bajo estas modalidades más anónimas de la persecución actual es posible prever y aceptar la muerte, del mismo modo que en el caso de los mártires antiguos. Y es posible también preverla y aceptarla en cuanto consecuencia de una lucha activa por la justicia y otras realidades y valores cristianos. De hecho, es extraño que la Iglesia haya canonizado a Maximiliano Kolbe como confesor y no como mártir. Quien contemple a Maximiliano Kolbe sin ideas preconcebidas, prestará mayor atención a su muerte y a su conducta en el campo de concentración que a su vida anterior, y lo considerara como mártir de un amor cristiano desinteresado.
En cualquier caso, las diferencias entre morir por causa de la fe en una lucha activa y morir por causa de la fe soportando la muerte pasivamente son demasiado fluidas y difíciles de precisar como para que sea preciso distinguir conceptualmente las dos formas de muerte no expresándolas con el mismo término. En los dos casos se da la misma aceptación expresa y resuelta de la muerte por la misma motivación cristiana; en los dos casos es la muerte una aceptación de la muerte de Cristo que, por constituir el acto supremo del amor y la fortaleza, pone sin reservas al hombre creyente en manos de Dios y representa una unión radical de dos acciones: la del amor y la de verse privado del propio ser por el no -incomprensible, pero sumamente eficaz- de los hombres al amor de Dios que se revela. En los dos casos aparece la muerte como plena y clara manifestación de la verdadera naturaleza de la muerte cristiana. También cuando se cae luchando por las convicciones cristianas constituye la muerte un testimonio en favor de la fe caracterizado por una decisión sin reservas; tal decisión integra en la muerte toda la existencia, está inspirada y sustentada por la gracia de Dios y se toma en medio de la más profunda impotencia interna y externa, que el hombre acepta resignadamente. Todo ello puede aplicarse también a la muerte sufrida en la lucha, ya que, en la vivencia de su fracaso, estos combatientes experimentan y sufren su propia impotencia y el poder del mal, lo mismo que el mártir paciente en sentido tradicional.
En nuestra defensa de una cierta ampliación del concepto tradicional de mártir, podemos apoyarnos también en Tomás de Aquino. Santo Tomás afirma que, si su muerte tiene una relación clara con la de Cristo, es mártir quien muere defendiendo la sociedad (res publica) contra los ataques de sus enemigos que intentan corromper la fe cristiana (In IV Sent. dist. 49, q. 5, a. 3, qc. 2 ad 11) . La corrupción de la fe de Cristo a que se opone ese defensor de la sociedad puede referirse también a una dimensión concreta de la convicción cristiana, pues de lo contrario tampoco podría considerarse como martirio el hecho de soportar pasivamente la muerte por una exigencia ética y cristiana concreta. Así, pues, en su Comentario a las Sentencias, santo Tomás defiende un concepto más amplio de martirio, tal como lo proponemos aquí.
Una «teología política» legitima y una teología de la liberación deberían adherirse a esta ampliación del concepto de mártir. Tal ampliación tiene una importancia práctica muy concreta para un cristianismo y una Iglesia que quieren ser conscientes de su responsabilidad con respecto a la justicia y la paz en el mundo.
Traducción: J. LARRIBA