Jorge Gómez Barata
Si
el futuro pertenece al socialismo llegará primero a Europa, no como
reediciones del proyecto bolchevique ni imposiciones como
en Europa Oriental sino como fórmulas más próximas a la descrita en la
versión original de Karl Marx, según la cual el tránsito de una sociedad
a otra asumiría la forma de una especie de mutación. De menos a más y
no al revés.
En
Inglaterra, meca del capitalismo decimonónico, con un auge económico
sin precedentes y una miseria insoportable, Karl Marx corroboró que el
crecimiento sin justicia dinamita la estructura social. Mientras
más próspera era la economía más injusta era la distribución, el
proletariado se depauperaba, los campesinos se proletarizaban, los niños
eran explotados y la jornada laboral era interminable. La contradicción
entre la opulencia y la pobreza devenía motor del cambio.
En
medio del turbión decimonónico europeo, desde una biblioteca de Londres
descubrió que la revolución anticapitalista no sería un
fenómeno político asilado sino un resultado histórico. Allí escribió
que: “…Al llegar a una determinada fase de desarrollo, las fuerzas
productivas materiales de la sociedad entran en contradicción con las
relaciones de producción existentes...y se abre así una época de
revolución social.”
Marx
nunca
percibió el transito al socialismo, no como un hecho aislado o
fortuito, fruto de contingencias políticas locales, tampoco de
conspiraciones ni de coyunturas más o menos tensas y mucho menos como un
evento nacional, sino como un proceso internacional. Para él, el
socialismo era una categoría histórica, una nueva formación social que,
llegado el momento, por efecto de leyes históricas, sustituiría al
capitalismo ocupando el espacio de toda una época. En esencia avizoró no
un país revolucionario, sino una época de revolución social.
Marx no fue jefe de ningún partido, tampoco un líder nacional, sino un investigador que descubrió verdades y las expuso. No auspició
conspiraciones y tal vez le hubiera aterrado pensar que el camino que
conduciría a esa nueva época histórica, pasaría por una aniquiladora
guerra civil que dividiría a la gente y arruinaría la economía.
Sin
tener nada en contra de los giros y las metáforas literarias que
embellecen el discurso político, es obligado reiterar que para Marx, la
revolución y el socialismo no fueron nunca utopías, sino pronósticos,
frutos de desapasionadas y maduras reflexiones científicas. Tal vez por
eso no hay en sus escritos retórica política, exaltados alegatos, ni
excesos sentimentales acerca de la situación de los trabajadores.
En
la Europa de hoy parece haber dos hechos respecto a los cuales existen
cada vez menos dudas: la crisis del capitalismo, en su forma actual es
definitiva y que el socialismo es la única opción. Si fuera cierto que
el Viejo Continente madura para el cambio, hay que avanzar lo cual
requiere determinación, consenso y creatividad.
De
alguna manera y en algún lugar hay que comenzar: ¿Por qué no hacerlo en
Francia y en domingo? Quienes no lo crean votarán por Sarkozy. Allá nos
vemos.
La Habana, 05 de mayo de 2012
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Los terminos medios son la antesala de la traición"
Ernesto Che Guevara.